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Mi primera entrada de blog

Nace la mamá, muere la niña

Esa mañana, después de haber amamantado a mi hija, entré al baño y me miré en el espejo. Vi mis ojos y vi los ojos de mi hija y mi ego se sintió feliz porque ella tuviera algo mío.

Sin embargo, mis ojos evitaban mi cuerpo ya que sabía que no era el de antes. Si mis ojos no fueran evasivos, seguramente verían un cuerpo más gordo, más flácido y menos joven. Increíblemente a solo unos días del nacimiento de mi hija ya sentía que había vivido años y, por lo tanto, estaba más vieja. Mi cuerpo siempre ha sido un tema en mi vida, siempre lo he criticado y ha sido una suerte de peso. Literalmente. Así es que verlo después del parto era más duro aún. La panza me colgaba, los senos también y creo que todavía no eliminaba por completo los líquidos que me habían puesto en la clínica. Llevaba días sin depilarme y tenía mis axilas manchadas por efecto del oscurecimiento natural de la piel durante el embarazo.

En definitiva, me daba un poco de pena mi aspecto físico. Traté de llenarme de pensamientos de gratitud y de repetir en mi mente frases que me permitieran entender lo maravilloso que es mi cuerpo al permitirme tener a mi hija en mis brazos, pero el sentimiento de pena persistía (aún hoy). Rápidamente y antes de salir del baño, me dije: “este es mi nuevo cuerpo, el cuerpo de una mujer, de una madre, ya he dejado de ser una niña”.

A este sentimiento, además, le sumaba la pesadez de mi alma, de mis emociones y de mi ser no visible. Llevaba la tristeza más grande que he experimentado en mi vida y era la de saber que mi familia no me hablaba por esos días. Soy la menor de tres y ni mis hermanos, ni mis cuñadas, ni mi padre me estaban dirigiendo la palabra por esos días. ¿A quién se le ocurre quitarle la palabra a una mujer puérpera y en cuarentena? 

Mi familia estaba muy molesta con mi esposo (y, por ende, conmigo) porque habíamos decidido no avisarles sobre el comienzo del trabajo de parto. Sólo fue hasta que nació que se enteraron. Eso y una serie de malos entendidos, mensajes mal puestos y egos, llevaron a uno de los peores conflictos familiares que hemos tenido. En definitiva, mi corazón se regocijaba por tener a mi hija en mis brazos y lloraba por sentir a mi familia ignorándome, sin hablarme. Ni siquiera una felicitación, ni un mensaje de texto, nada, silencio, el silencio del universo. 

Mi padre, una de las personas más importantes de mi universo, tampoco vino a verme a la clínica. Mi cuñada, a quien considero mi mejor amiga, tampoco me hablaba y eso sí que me pegaba duro en el corazón.

Mi madre, sólo por ser mi madre, era la única que me hablaba, pero era clara su tristeza y en sus gestos y sus ojos podía ver su sentir.

No es mi intención culpar a nadie, entiendo que cada uno tiene su punto de vista, sin embargo, eran momentos duros para mí. Y a pesar de que tenía a mi lado a mi esposo amado, sosteniéndome lo mejor que podía, en mi mundo sólo existía mi hija, yo, mi tristeza y mi alegría, nada más cabía que mi ensimismamiento. Fue allí cuando me di cuenta de que la nueva Ingrid acababa de nacer y la niña, la hermana, la mujer sumisa que todos habíamos conocido hasta ese día, había muerto para siempre.

“Sé tú mismo. Los demás puestos están ocupados.”

— Oscar Wilde.

Esta es la primera entrada de mi nuevo blog. Acabo de empezar a escribir este nuevo blog. ¡Mantente al día para leer más entradas! Suscríbete a continuación para recibir notificaciones cuando publique nuevo contenido.

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¿Qué ha sido lo más difícil de mi puerperio?

Empiezo a escribir esto a las 6.20 pm justo la hora en la que los primeros días después de mi parto me daba “la borrachera” como la llamaba yo. No tenía ni idea en ese momento que esto hacía parte de los cambios hormonales y que era completamente normal.  Realmente no sé cuánto, si eran minutos, segundos u horas, que me duraba esa montaña rusa de hormonas, pero sentía que me volvía loca de tanto pensar.  Sobre todo, pensaba en el bienestar de mi hija, pensaba lo peor de todo, ¿la estoy alimentando bien? ¿está agarrando bien la teta? ¿le sale suficiente? ¿está subiendo de peso? ¿tiene frío? ¿tiene calor? ¿le duele la panza? ¿tiene cólicos? ¿siente mi presencia? ¿sabe que la estoy protegiendo? ¿si me levanto al baño va a sentir que la estoy abandonando? Era un sinfín de preguntas que me atormentaban día a día a la misma hora. Nunca le dije nada a nadie, viví mi angustia en secreto porque me daba miedo que me dijeran que tenía que ir al médico y que me dijeran que me tenían que hospitalizar y estar lejos de mi hija, no poder amantarla, tener que darle fórmula, volver a la casa y que ella ya no quisiera mi teta. Así viví no sé cuántos días de mi postparto. Las cosas fueron estabilizándose gracias a mi doula que me visitaba frecuentemente y me daba seguridad y confianza. Mi pequeña fue creciendo y el reto emocional también. Empecé a tener estallidos emocionales con mi esposo, a gritarlo, a tratarlo mal, incluso a herirme a mí misma.  Me dolía muchísimo no poder estar en control de todo, sobre todo, me estresaba mucho que mi hija no durmiera bien, que no descansara bien. Con el tiempo ella iba durmiendo menos y a pesar de que yo entendía que era totalmente normal, igual me generaba muchísimo estrés. Estallaba emocionalmente mucho más frecuentemente, más peleas con mi esposo por bobadas. Hacía tiempo que yo sabía que el puerperio duraba dos años, pero es completamente cierto que nos cuesta muchísimo aceptar que estamos mal, que necesitamos apoyo, que queremos estallar, que queremos gritar, llorar, lamentarnos y no sé qué más. Todo el mundo pregunta por el bebé, pero nadie realmente te pregunta cómo te sientes, si necesitas estallar, llorar, quejarte. Realmente no hay nadie preparado para escuchar a una puérpera de manera atenta sin juzgar y sin querer aconsejar todo el tiempo. A veces sólo queremos llorar y ya.

Hace dos o tres meses soñé que le decía a alguien llorando en tono de reclamo que por qué nadie me había dicho lo que era ser mamá. En mi sueño le gritaba llorando a esa persona “¿por qué nadie me dijo que sería así de difícil? ¿por qué nadie me explicó que esto sería así?” Lloré muchísimo en mi sueño, tenía rabia. Sin embargo, el hecho de tener varias amigas en puerperio y estar pendiente de ellas me ha ayudado mucho a sanar. Comprendo que es natural que no se quieran visibilizar los retos de la maternidad y que no sea fácil hablar de ello ya que hay mucho tabú. “Que no puede estar triste, no puede llorar porque el bebé esto, el bebé lo otro, tiene que estar bien, tiene que ser fuerte, que no es para tanto, que a mí me tocó peor que a usted, que por lo menos usted esto o lo otro, que por lo menos está con su esposo, que agradezca que esto y lo otro”. Detrás de todo eso el mensaje es “tienes que estar feliz, punto”.

Si a esto le sumamos que culturalmente es casi ridículo pensar en que dos años dura el puerperio y que a una mujer puérpera se le debe tratar con mucho amor y paciencia, el peso es aún mayor. Somos duras con las demás mujeres y somos duras con nosotras mismas y queremos tener todo bajo control. De hecho, respondiendo la pregunta de qué ha sido lo más difícil de mi puerperio, yo podría decir que ha sido soltar el control. Es algo que practico todos los días y aún así me da duro todos los días. Entender que mi pequeña es un ser en transformación constante, que YO soy un ser en transformación constante no ha sido nada fácil para mí. Establecer ciertas rutinas y concientizarme de que se pueden modificar y ser flexibles ha sido mi arma más poderosa para aceptar el cambio. Adicionalmente, el poder hablar con mi esposo y su infinita paciencia han sido fundamentales. Agachar la cabeza y aceptar que no me las sé todas, que se puede maternar de muchas maneras, que él puede paternar a su manera y que no tengo por qué controlar todo, ha sido de gran ayuda. Gestionando mis propias emociones, nombrando lo que me molesta, verbalizando lo que me estresa ha sido muy liberador. Los estallidos emocionales son cada vez menos frecuentes, he empezado a hacer ejercicio y a recuperar la seguridad en mi cuerpo de nuevo. Ser flexible con los demás ha pasado obligatoriamente por ser flexible conmigo misma y abrazar con amor las circunstancias como vengan.

Sí, la maternidad es un desafío, el puerperio es durísimo, el postparto es un reto, pero la manera como me he transformado, lo que he aprendido de mí misma, como he visto mi sombra a los ojos, es algo que no tiene precio y que jamás habría podido ni ver ni hacer sino gracias a mi hija.

Hoy abro mi corazón y muestro mi parte más vulnerable con un solo propósito y es visibilizar el puerperio, hacerlo algo natural y algo de lo que podemos hablar. Si conoces a una mujer puérpera, es decir, una mujer con un bebé entre 0 y 2 años, escúchala, abrázala, dile que lo está haciendo bien, pregúntale en qué le puedes ayudar y tenle paciencia, ¡mucha paciencia!

Si bien mi hermosa ya tiene año y medio y disfruto mucho mi maternidad, aún soy puérpera, fluyo con esa idea y me acepto.

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¿La maternidad me acercó a mi lado masculino?

Hace algunos años, principalmente gracias al inicio de mis estudios universitarios en Lenguajes y Estudios socioculturales, empecé a replantearme todo el tema de lo que es femenino y masculino, el tema de los estereotipos y de los “deber ser” de hombres y mujeres. El feminismo tocaba a mi puerta gracias a la carrera que había escogido. Obviamente, indagando en mi propia feminidad fui descubriendo ideas que, para mí, han sido muy poderosas y que hoy en día comparto con la crianza de mi pequeña.  

Ahora, siendo madre y casi que sin darme cuenta, la vivencia de mi cuarentena ha sido un auto descubrimiento de otro aspecto de mi feminidad y de lo que quiero transmitirle a mi hija mujer. ¿Por qué casi sin darme cuenta? Uno de los aspectos fundamentales para una lactancia exitosa es no usar perfumes ni cremas con mucho olor para que bebé se impregne del olor de mamá.  De hecho, los pezones de mamá tienen el mismo olor que el líquido amniótico en el que bebé ha estado por nueve meses y es lo que le ayuda y lo/la guía hacia el alimento cuando recién nace. Así es que, casi sin darme cuenta, dejé de usar productos cosméticos e incluso esmalte de uñas ya que no quería que al pelarse pudiera caer en un ojito a mi pequeña. Esto, sumado al hecho de que ya no tenía tiempo, dejé de depilarme las cejas y de ponerme crema de peinar para dejarme el cabello suelto. En definitiva, ya no usaba esmalte, no me depilaba las cejas, no me ponía aretes para que mi pequeña no me arrancara una oreja, y había decidido cortar mi cabello tanto como me fuera posible para no tener que dedicar mucho tiempo a su cuidado. ¿Mi maternidad me estaría acercando a mi lado masculino? 

Poco a poco me di cuenta de que a muchas personas (sobre todo mujeres) les molestaba este nuevo aspecto de mi feminidad. Me sugerían que me maquillara, se mostraban muy sorprendidas de que mis uñas fueran de color natural, que mis cejas no estuvieran perfectamente delineadas y que mi cabello estuviera a la altura de mi mentón. Parecía que hubiera “perdido” mi feminidad o mi identidad de mujer. Yo, al contrario, me sentía más femenina que nunca, me sentía más libre que nunca de expresar mis preferencias físicas y más empoderada de mi feminidad que jamás en toda mi vida. 

Por otro lado, también decidí no poner aretes a mi pequeña no sólo porque no me parece que eso la defina como niña, sino porque me parece una verdadera crueldad hacerles eso a las niñas desde tan pequeñas. No deseo juzgar a las madres que lo hacen, cada una hace lo que mejor le parece con sus hijas, pero no estoy de acuerdo con esta práctica que en muchos países no se contempla como posibilidad a las recién nacidas. Además, evito vestirla de rosado automáticamente, de hecho, trato de ponerle otro tipo de colores. Y no es que no quiera que a mi hija le guste el rosado, sólo quiero que entienda que el rosado no la define como mujer, al igual que el esmalte, el maquillaje o los tacones.  Creo, sinceramente, que el ser mujer va mucho más allá de lo que podemos ver con los ojos, ser mujer es contener, es abrazar, es maternar y sostener. No estoy afirmando que ese es el deber ser de todas y cada una de las mujeres, pero sí creo que ser mujer es un privilegio en muchos sentidos y uno de esos es el poder ser madre. 

Tampoco es mi interés criar a mi hija como una princesita en el sentido que es intocable o que no se ensucie o no se caiga. Tampoco influenciarla para que se obligue a sobreestimar su capacidad física para demostrar que no es “débil”. Sólo deseo que si escoge ser princesa o si escoge ser luchadora libre que eso la haga feliz, que sea una herramienta para cumplir su propósito de vida y no un esfuerzo por demostrar algo al mundo. Si bien no le niego que juegue con carritos, tampoco le niego cuando desea amamantar a alguno de sus bebés.  

Yo amo ser mujer, amo todas las infinitas posibilidades que tenemos como mujeres, hemos entrado a prácticamente todos los oficios que nos hemos propuesto, cosa que no sucede con los hombres (aún no veo hombres manicuristas en mi cultura, por ejemplo). Nos pensionamos mucho más temprano que los hombres y tenemos una mejor esperanza de vida, lo que indica que podremos disfrutar muchos más años de nuestra pensión.  Cabe mencionar que nuestra licencia de maternidad es mucho más larga que la de paternidad. Amo la capacidad de las mujeres de expresar sus sentimientos, de bailar, gritar y amar con mucha más libertad que los hombres.

A diario reflexiono sobre cómo puedo ser la mejor madre para mi hija y cómo puedo ayudarla a vivir su feminidad sin caer en estereotipos y he llegado a la conclusión de que es prácticamente imposible. Lo que sí creo posible es poder ofrecerle una visión de la vida en donde, desde su disfrute personal como mujer, independientemente de su aspecto físico, pueda explotar ese privilegio y sepa indagar en su ser femenino lleno de posibilidades desde la bondad y el amor. 

Ayer le estaba poniendo crema a mi pequeña después del baño y me preguntaba si esto sería el inicio de un autocuidado obligado. Llegué a la conclusión de que aprender a amarnos, cuidarnos, respetarnos, así sea a través de algo tan simple como ponernos crema en el cuerpo, es una de las prácticas más bellas del ser humano. El amor propio no es cuestión de ser hombre o mujer, es el inicio de una relación sana con la única persona a la que no puedes -y no debes- fallarle: a ti mismo/a.

Mi cabello corto, mis orejas sin aretes y mis uñas sin esmalte: cosas que en algún punto de mi vida consideré impensables en mí.

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Una mano quemada y reflexiones sobre el dolor

Hace un par de días estaba haciendo el desayuno y en un descuido de mi parte me quemé la mano derecha. Sin embargo, como hago siempre que tengo algún dolor físico, decidí no prestar atención y seguir haciendo lo que estaba haciendo. Al cabo de un par de horas la zona me dolía mucho, estaba muy roja y parecía que el quemón se estuviera expandiendo por toda mi mano.  Aún viendo mi piel así, sentía que no merecía atención y que no era importante. Al día siguiente, sentí picazón en la zona y, sin darme cuenta, me rasqué, con lo cual vi la verdadera gravedad: tenía una ampolla que se había levantado y ahora tenía la piel viva. 

Esa misma noche me lavé bien la herida y me puse un parche cicatrizante, pero desde entonces no ha dejado de doler, ni de arder. Mi esposo preocupado ha estado preguntándome constantemente cómo me siento y me ha hecho prometer que si sube el dolor o el enrojecimiento vamos a ir al médico. Me siento triste porque no me gusta verme mi mano así y, obviamente, tampoco sentirla así.  Pero como soy una convencida de que todo en la vida nos trae una enseñanza, me di cuenta de que todo el tiempo estaba negando mi dolor, negando el estado de mi mano y diciéndome que no era nada, que debía seguir con lo que estaba haciendo, que nadie me mire. Me puse a pensar que cuando mi hija se caía al principio, cuando empezó a sentarse, mi primera reacción era decirle que no pasaba nada, que no era nada, le decía que se levantara rápido o, simplemente, no la observaba para que ella no llorara o no se quejara. Leyendo sobre temas de crianza respetuosa entendí que esta práctica tan solo perpetuaría lo que yo vivía con mi mano, y lo que muchas veces hago con mi cuerpo, y era negar su dolor, no escucharlo y minimizar sus dolencias.

Al pensar en esto sentí compasión por mí, decidí atenderme, darme besos, hacerme el sana que sana, como hago con Luciana cuando se cae y (¡por fin!) hacerme una curación.  Desde que entendí la importancia del manejo que se le da a las caídas de los bebés, nunca dejo pasar una caída de mi hija sin preguntarle cómo está o sin mirar la parte del cuerpo que me esté señalando o, si llora, tomarla en mis brazos.  Jamás volví a decirle que no pasó nada o que ya pasó, “upa, upa” o “castigar” el objeto con el que se golpeó diciendo “tonto sofá”, sino que simplemente la abrazo y la siento y le permito que exprese su dolor. 

Los niños son maravillosos, Luciana me sorprende con sus reacciones porque llevamos meses haciendo eso desde que empezó a gatear y ella solo llora cuando un golpe le duele de verdad, es decir, no usa el golpe como estrategia para llorar como podrían pensar algunas personas. Así mismo me pide que le haga el sana que sana, pero últimamente es ella quien se hace el sana que sana, ella misma se soba y se auto consuela.  Con la herida en mi mano, ha sido muy bello porque, como le he enseñado lenguaje de señas, le he estado signando que me duele y ella ha entendido perfectamente y cuando jugamos ella evita tomarme de esa mano y signa “me duele”, además de llenarme de besos. Esto, realmente, me parece sorprendente, tierno y me ha dejado muchas lecciones. La primera de ellas es que al cuerpo se le escucha, se le atiende, no se le minimiza y se le hace el “sana que sana”. 

Considero que esta práctica le enseña a mi hija no sólo a atender su cuerpo, a respetarlo y a amarlo, sino, además, dos cosas esenciales para la vida: la primera, a ser empática con el dolor de los otros y, la segunda, a entender que las cosas son cosas y no se les debe culpar de nada.

Evitar decir “tonta silla” o “tonto (cualquier objeto)” le enseña a hacerse responsable de sus actos, a entender que las cosas son neutras y que el bien o el mal que nos hagan sólo dependerá del uso que les demos. Que los golpes y los dolores hacen parte de la vida, mas no el sufrimiento, y solo si nos damos la oportunidad, podremos aprender de cada situación que nos corresponda vivir para aprender. Como, por ejemplo, aprender a escuchar el cuerpo a través de una quemadura en la mano.

El dolor que me dejó este incidente, me enseñó que el hecho de desatender los golpes de nuestros hijos, de decirles que no pasó nada tiene consecuencias que van mucho más allá de simplemente evitarles el llanto. He escuchado a muchos padres y madres decir cuando su hijo/a se cae “no lo mire, no lo mire porque llora”.  Si deseamos hijos que ante la enfermedad, incluso ante un abuso físico, ante el bullying se acerquen a nosotros y nos confíen lo que les pasa, debemos empezar por generar esa confianza acercándonos nosotros y haciéndoles ver que entendemos su dolor, que sabemos que duele y que siempre que nos necesiten vamos a estar ahí para hacer el “sana que sana” y que el día que no estemos tendrán herramientas para hacerlo ellos mismos.

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Sobre El Principito y una niña interior transformada gracias a la maternidad.

Por increíble que parezca, durante mis años de estudiante de francés e incluso como profesora de este idioma, le di varias oportunidades a este libro y no me gustó. Sinceramente, no lo entendía y dejaba rápidamente su lectura. Después, en el año 2011, este libro volvió a mis manos de una manera inesperada. Un estudiante a quien yo le gustaba, asumiendo que me fascinaría, se encargó de regalarme no sólo el libro sino todas sus versiones: en caricatura, en pasta dura, en pasta blanda, de bolsillo, de colección, etc. 

Dado que por esa misma época yo estaba terminando una relación que me dejó muy herida y con la autoestima muy baja, me di la oportunidad de leerlo. Tenía tiempo para mí ya que mi vida ya no giraba alrededor de esta persona, así es que me di el tiempo de hacerlo. Y descubrí un tesoro, un maravilloso libro, una herramienta cada vez que quiero recordar esa Ingrid que volvía a confiar en sí misma y a retomar las riendas de su vida.  Siempre lloro al final de este libro como una niña pequeña. Si no lo has leído, por favor, léelo y si al principio es difícil de entender, dale una oportunidad, trata de leer con los ojos de un(a) niño(a), es decir, con los ojos del corazón.

Resulta que por estos días nuestra hermosa anda de trasnochadora, no le coge el sueño antes de las once de la noche, entonces, saqué mi bello libro y empezamos a leerlo en voz alta con mi esposo mientras hacemos tiempo hasta que ella tiene sueño.  Antes de ayer terminamos de leerlo y volví a llorar leyendo el final, lloré muchísimo y ahora que soy mamá tiene otros significados que deseo compartir hoy.

(Después de leer el libro, mira la película, la encuentras en Netflix por estos días, es maravillosa también).

La primera reflexión es que como padres, a veces creemos que a los niños se les debe crear fuertes, prepararlos para un mundo hostil y violento y eso incluye hacerlos menos sensibles para que no sufran. Yo veo a mi hija y siento todo lo contrario, quiero seguir cultivando en ella la ternura, el amor y la confianza para que deje esa semilla en el mundo. Porque ¿qué significa hacerla fuerte? ¿Que no llore? ¿Que no ame a todos los seres humanos, sino a ciertas personas? ¿Que condene al “malo” y alabe al “bueno”? 

Yo estoy convencida de que las bases de un adulto amoroso se sientan en la infancia y que no hay que hacer a los niños más duros o fuertes, hay que hacerlos más amorosos. Y esto no significa que no puedan sortear las vicisitudes de la vida, más bien todo lo contrario, que sepan que existen y que nos podemos quebrar ante estos, pero que también siempre estará el amor para enfrentarlos y volver a levantarnos. El amor por nosotros mismos, el amor por la familia, el amor por los seres humanos. ¿Te suena idealista?

La segunda reflexión es que la maternidad nos permite ver nuestro niño interior, herido o no, y nos muestra ese(a) niño(a) en todo su esplendor, con todos sus más y sus menos.  Todos los conflictos que veamos en nuestros hijos sólo son un espejo de lo que fuimos nosotros. ¿Te molesta su llanto? ¿Qué tanto te permitieron llorar de niño? ¿Te molesta su “hiperactividad”? ¿Qué tanto te dejaron moverte siendo niño? ¿Te molestan sus gritos? ¿Qué tanto te dejaron gritar a ti? ¿Te da miedo que se caiga, que escale, que se mueva libremente? ¿Qué tanto te moviste libremente tú? 

Considero que la experiencia de la m/paternidad cobra todo su sentido cuando nos permitimos sanar ese niño herido enfrentando nuestros miedos, nuestra incomodidad frente a los comportamientos de nuestros pequeños y haciéndonos vulnerables ante su propia vulnerabilidad.

Tercera reflexión. Una de las frases que más amo de “El principito” es: “no se ve verdaderamente más que con el corazón. Para los ojos, lo esencial es invisible”.  Y con esto quiero hilar mi primera reflexión: ¿cuántas veces juzgamos al “bueno” y al “malo”?. Todos, absolutamente todos los seres humanos tenemos una historia, tenemos una lucha, algo que nos mueve o nos inmoviliza.  Cuando vemos con los ojos del corazón, vemos al ser humano detrás de la acción y más allá del ser humano, vemos a ese niño herido que no fue abrazado, que no fue amado, que fue abandonado, que quizás no sintió nunca el calor de un abrazo, o una palabra dulce en su oído. Realmente no lo sabemos, y es muy cruel juzgar a las personas por sólo lo que vemos en la superficie. Lo esencial es invisible a los ojos.

Finalmente, deseo agregar que volver a nuestro niño interior no significa no crecer o no madurar, o no tener ambiciones, no. Significa seguir escuchando nuestro corazón, seguir maravillándonos con las estrellas, seguir dejando volar nuestra imaginación y que si alguna vez nuestro pequeño nos muestra su dibujo de una boa con un elefante adentro, tengamos esa capacidad de ver con los ojos de la creatividad y de la imaginación. Juguemos, alcemos y tomemos en los brazos tanto como sea posible, nunca sabemos cuándo será la última vez que nos pidan brazos y que los pongamos en el suelo definitivamente para correr y volar.  No sabemos cuándo dejarán de necesitar que les digamos cosas dulces, que les cantemos o que los apapachemos en la cama. Jamás el amor ha malcriado. Criar adultos independientes es reconocer, en primera instancia, que los niños son dependientes y necesitan ver en nosotros el amor y la madurez emocional que les permitirá, ahí sí, enfrentar el mundo.

Mi Principito, o princesita interna, a ella nunca le fallaré.

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Sin dolor no hay Luciana. Relato de un parto (lo más) humanizado (posible).

Feliz cumpleaños, hija.

Ese día en la mañana mi partera me había dicho: vamos a parir. Estuve en su casa totalmente entregada a ella, llevaba tres o cuatro días con contracciones que se intensificaban en la madrugada, para, al final, no parir. Mi cuerpo estaba tremendamente agotado. Llevaba más de una semana comiendo mal, no me entraba nada por la garganta, todo me daba náuseas. Mis doulas me daban huevo con ruda, miel de abejas, polen y ánimo, mucho ánimo. Total, esa mañana estuve con mi partera meditando, entrando en mi cuerpo, en los aromas de las hierbas, en el túnel del dolor. No me había querido dar cuenta, pero tenía pánico al dolor. Había escuchado tantas historias de partos tristes y totalmente deshumanizados, que moría de terror que algo de eso me pudiera pasar. No quería hablar con nadie que no fuera mi esposo o mi partera. Sabía que solo ellos entendían que no quería escuchar historias, ni “a mí me pasó x, y o z”, ni que me preguntaran si ya había nacido. Razón por la cual no hablé con nadie de mi familia por esos días. Hacia el mediodía salimos de la casa de Carolina y empecé a sentir la ebriedad más deliciosa que jamás haya podido sentir. Las contracciones se hacían cada vez más seguidas y mi cuerpo se veía obligado a doblegarse y a gritar cada contracción. Caminamos y caminamos por el barrio Niza, la gente me miraba con preocupación ya que en estas épocas admiramos a la mujer que no grita su trabajo de parto.  Eso no me importaba, yo estaba fundida en mi embriaguez y en cada contracción con la que mi cuerpo se ampliaba y se expandía cada vez más. 

-Sin dolor, no hay Luciana, le dije a mi esposo. Vas a tener que acostumbrarte a verme con dolor, me va a doler, sí, pero no estoy sufriendo. 

Parafraseando a mi partera le dije a mi esposo: atravesemos el dolor juntos, al final del túnel está nuestra Luciana. Sé que para él ha sido uno de los retos más grandes de su vida, verme gemir y doblegarme ante cada contracción y simplemente prestarme su cuerpo para estar en la posición que quisiera.

En ese momento no era consciente del tiempo transcurrido (después me enteré que había sido cerca de una hora), pero decidimos irnos a la casa para poder almorzar, pedimos un domicilio durante el camino, así es que a los pocos minutos de llegar a la casa llegó el ajiaco más delicioso que haya podido comer en mi vida. La cuchara no me fue suficiente, quise tomar la taza a dos manos y abrir mi boca tan grande como pude y dejar caer todo el alimento que no había podido pasar en cuatro días. Mi cuerpo lo recibió como un bálsamo delicioso. Yo seguía en un trance que aún recuerdo, pero que no se compara con absolutamente nada que haya experimentado en la vida. 

La partera nos había advertido que no nos quedáramos en casa ya que es muy común que al encerrarnos los pensamientos negativos nos invadan, así es que salimos a caminar por nuestro barrio, las contracciones eran cada minuto y yo dejaba salir por mi garganta toda la fuerza de la contracción. Se me acercó una señora muy preocupada por mi estado e incluso miró mal a mi esposo como si él me estuviera infligiendo tal dolor. Hablamos con la partera quien nos dijo que Paloma, la doula, ya venía para nuestra casa, entonces decidimos ir de nuevo a la casa.  Llegando a la esquina sentí como mis piernas se llenaban de un líquido caliente y abundante. Sí, había roto fuente. Hablamos de nuevo con Carolina, ella también ya venía para mi casa.

Mis pantalones estaban absolutamente empapados y con cada contracción yo le hablaba a mi hija y le decía “eres bienvenida, hermosa, aquí te espero, yo voy hacia ti, tú ven hacia mí”. Al entrar a mi habitación otra descarga, y en ese momento, después de llevar cuatro días esperando el momento, pensé “por fin”. Sin embargo, la coloración del líquido no nos dio buenas noticias, mi pequeña había hecho popó, lo cual era una señal de alerta. Volvimos a llamar a Carolina, ya estaba a minutos de llegar. Minutos eternos, yo quería saber si mi pequeña estaba bien. Llegó rápidamente a monitorear el corazón de mi Luciana, ta-ta ta-ta ta-ta, todo bien. 

“Javi, coge la maleta, pide un Uber, nos vamos para la clínica” dijo Carolina. Empezó a caer el aguacero más impresionante que haya podido caer en Bogotá. Duramos cerca de hora y media en el tráfico hasta que llegamos a la clínica. A pesar de ser una clínica de gran reputación, encontramos personas frías y distantes, parecían robots haciendo todo mecánicamente y, de repente, todo ese ambiente preparado y armónico que habíamos tejido amorosamente en casa, se iba desmoronando. Mis miedos se estaban haciendo realidad. Me pasaron rápidamente a una pequeña sala donde había otras dos mujeres embarazadas, pero yo era la única parturienta.  Llegó la doctora de turno a hacerme un tacto, yo tomé su brazo delicadamente para sentirme apoyada, ella en un gesto brusco retiró rápido mi mano de su brazo y me sentí sola. Mi esposo no quería separarse de mí, pero había trámites administrativos que debían hacerse, entre ellos, hacer que todo el turno leyera mi plan de parto. No fue nada fácil para mi esposo, exigir ese tipo de cosas en un país como Colombia, aún parece un acto de rebeldía y sublevación. Total, quedé sola en la sala con la mirada inquisidora de la doctora de turno que me hacía preguntas sobre mi proceso previo. Afortunadamente, mi esposo me había enviado el celular, increíblemente, así me sentí menos sola. 

Al cabo de algunos minutos vino la doctora a avisarme que me pasarían a una habitación, tenía seis centímetros de dilatación y el monitoreo a mi bebé era normal. Allí también llegué sola y empezó el desfile de agujas, tristemente a las enfermeras se les olvida que hablan con un ser humano, con Ingrid, no con “mamá”. Mi plan de parto era claro, no quería que me dieran epidural, había leído un libro sobre parto durante mi embarazo y tenía claro que no quería anestesia.  Sin embargo, la doctora insistía en ponerme la epidural e incluso llegó a amenazarme que el dolor que estaba sintiendo no era nada comparado con el que iba a sentir y, una vez más, sentí que todo ese trabajo hermoso que llevaba haciendo durante meses para que mi parto fuera lo que había soñado, seguía resquebrajándose. Empecé a tener mucho miedo y accedí a que viniera el anestesiólogo, me sentí derrotada, pero rápido envié un mensaje de voz a Carolina rogándole que entrara a la habitación.  En minutos la vi entrar a mi cuarto con su mirada de ángel y su mano se posó en mi pecho llenándome de una calma indescriptible, “todo va a estar bien”, me dijo con su voz pausada. Todo estaba en su sitio de nuevo y volví a respirar. “Lo estás haciendo bien, el peor dolor ya pasó, no necesitas anestesia”. Qué felicidad. Y le pregunté, ¿voy a parir? Todavía no podía creer que mi cuerpo fuera capaz de tal hazaña. Ella me respondió, “vas a parir”. No puedo describir la dicha de mi corazón. Mi esposo, afuera, se disputaba con todo el turno para hacer respetar mi derecho a tener un parto humanizado y a hacer valer mi plan de parto. A los pocos minutos él también entró y por fin tuvimos privacidad. Éramos Luciana, mi esposo, mi partera (en ese momento ya convertida en doula) y yo, nadie más. Luces tenues, mis contracciones, posición sentada y rápidamente empecé a sentir cómo mi cuerpo, mi alma y mi universo entero se hacían más y más grandes. Ya no tenía miedo de nada, ya no tenía miedo al dolor, ya sabía que todo estaría bien, tenía la certeza absoluta de la bondad del universo en mí. Empecé a sentir fuego en mi cuerpo, el fuego de la apertura, el fuego de la luz. Pregunté a Carolina si era normal y ella, con su voz de ángel, respondió afirmativamente.  

Mi doctor ya estaba en camino, estaba a minutos de llegar.  Cuando llegó me dijo: estás a dos pujos de sacarla. Carolina se apresuró a darme instrucciones para proteger mi periné. Respiro, respiro, pujo y… he ahí mi milagro, mi hermosa hija, mi esperado anhelo, mi granito de pimienta, mi mundo entero.

Lo primero que vi fue su cabecita e inmediatamente pensé en mi padre, “se parece a mi papá”. Después Carolina dijo “bienvenida Luciana, bienvenida. Ingrid, mira cómo respira, se ve en su espalda”. Yo sabía que todo estaba bien, no tenía la menor duda. Rápidamente la pusieron en mi pecho y olía al olor más adictivo y embriagante que jamás haya podido sentir, toda ella era gloriosa. 

“Te amo hija, te amo, eres lo más lindo que me ha pasado en la vida”, le dije. Mi esposo se acercó a nosotras y nos fundimos en un abrazo profundo. 15 cortos minutos de piel con piel ya que, por protocolo, debían realizar el test de Apgar, llevarla a ponerle vitamina K y a limpiar sus ojos del meconio. Javi no se separó de ella ni un segundo hasta que volvieron a traerla a mi pecho. Enseguida, el segundo milagro: Carolina me ayudó a que se pegara a mi pecho y mágicamente las gotas empezaron a salir y mi hija ya estaba alimentándose de mi. ¡¡¡Wow, parí y ahora estoy alimentando a mi hija!!! Mi felicidad estaba al máximo y el coctel de hormonas hicieron su efecto, me sentía grande, dichosa, gloriosa y poderosa.

Esa primera noche no pegamos el ojo, no hacíamos más que mirar y admirar a nuestra hermosa. Al siguiente día, más trámites clínicos, permisos, autorizaciones y, por fin, a casa…

Luciana, hija hermosa, hoy celebro tu vida, tu nacimiento y el mío también como mamá. Te reitero, eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida. Te amo, te amo, te amo infinitamente y más. Gracias por escogerme, gracias por estar aquí. Gracias por los días buenos y gracias por los días difíciles. Ser mamá no es fácil, pero amo quien soy gracias a ti. Feliz cumpleaños, preciosa. 

Nuestro primer encuentro como familia y piel con piel.

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La felicidad hecha lactancia

Iba a pasar tres noches en México y estaba en casa de mi cuñada que vive allá.  Ella estaba en bata de dormir y me decía que el chico que estaba ahí era su novio, pero que en realidad era otro, qué raro, no entendía nada de lo que me decía. Yo estaba realmente confundida.  De repente, recordaba que tres noches en México implicarían tres noches sin mi hija. Sentí pánico y tristeza al imaginar que no tendría su tetita para dormir: ¿qué pasaría con su leche?, ¿cómo dormiría?, ¿cómo se arrullaría?, ¿qué haría si se despertaba en la madrugada llorando a pedir su tetita?  Ni siquiera me había extraído para dejarle así fuera una onza para que se la paladearan con cucharita, como el día que salimos con mi esposo a cenar por nuestro aniversario. Sentí miedo por la cantidad de leche que iba a acumular y el dolor que sentiría si no me extraía. Pero lo más angustiante de todo era pensar en cómo se alimentaría mi hija, aún hay días en que no quiere más que su tetita, días en que primero prefiere tomar su leche antes del almuerzo o del desayuno. Ya quería llorar de pensar lo descuidada que había sido al no dejar leche a mi hija. Estaba a punto de empezar a llorar y me desperté. ¡Qué alivio, qué alivio, qué alivio!

Mi hija aún no se desteta pero qué grandes reflexiones me dejó este sueño. Siendo el psicoanálisis uno de los temas que más me gustan, creo mucho en el significado de nuestros sueños, no en su sentido metafísico ni nada de eso, sino en su clara relación con el inconsciente. Los sueños nos gritan todo lo que no queremos ver de manera consciente. Este sueño en particular me ha hecho enfrentarme con el miedo profundo que tengo de destetar a mi hija. No es porque lo haya considerado aún, no. De hecho, desde el principio me planteé amamantarla dos años (tiempo que ya estoy replanteando). Sino porque estoy haciendo consciente el hecho de que me duele ver que su alimentación principal va cambiando hacia la comida sólida. Agradezco infinitamente que mi hija crezca cada día y que ya pueda comer sola y que su llamado sea a ser cada día más independiente de mí, pero ¡uff! sí que duele. Mis ojos se humedecen escribiendo estas líneas, tengo que confesar.

Creo entender por qué tuve ese sueño y la cuestión es que anoche salimos con mi esposo a cenar y la dejamos un rato con su tata (la abuela). Cuando llegamos, ella había tomado súper bien su cena y a pesar de que me pidió la teta, pronto se distrajo y pasó a otro tema y no tomó. ¡¡¡Hijita bella, te extraño!!! 

La conexión que hemos establecido a través de la lactancia es algo que sinceramente jamás me imaginé sentir, ni siquiera encuentro palabras para transmitir lo bello de lactar. 

Claro, hay momento muy difíciles de la lactancia, los primeros tres o cuatro meses son durísimos a nivel emocional. Sé que para muchas mujeres hay dolor, grietas y sangre. Para mí no fue así, afortunadamente. Para mí el reto fue emocional: entregar mi cuerpo, mi voluntad, mis fuerzas, todo mi ser a esa pequeñita que pide y pide.  Además, que todo esto pasara de un momento a otro, fue un reto enorme.

Sin embargo, lo que realmente queda de la lactancia es todos los momentos hermosos que pasamos en complicidad ella y yo, las caricias, las risas, los ojitos llorosos que se secaron gracias a la teta, mis ojos llorosos que se secaron gracias a ver mi hija amamantando. Las primeras veces que empezó con su propia mano a dirigir la teta hacia su boca, todas las veces que nos hemos mirado a los ojos simplemente contemplándonos, etc. Podría quedarme aquí escribiendo tantas maravillas, pero sólo lo puedo resumir en una palabra: felicidad. La lactancia ha sido para mí la máxima expresión del amor por mi hija, el mejor regalo que he podido darle, la mejor herencia para ella y mis nietos, mi prolongación, y la manera de trascender cuando Luciana sea viejita y le queden los recuerdo de las veces que estuvimos juntas, conectadas amándonos a través de su “atetaaaa” como le dice ella. Te amo, hija, te amo infinitamente.

Nota: Si estás embarazada o estás empezando tu lactancia y tienes dificultades, dolor, grietas o cualquier otra dificultad a nivel físico o emocional, no dudes en contactar a la Liga de Leche de tu ciudad para encontrar asesoría gratuita o grupos de apoyo locales gratuitos y poder hacer de esta experiencia un recuerdo memorable y amoroso. El éxito de mi lactancia ha radicado en que he estado informada desde antes del nacimiento de mi pequeña.

La complicidad, la conexión y el placer de la lactancia no tiene comparación.

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Mi hija y mi niña interior

Este escrito lo hice recién mi hija cumplió ocho meses, es decir, hace más de cuatro meses. Lo publico hoy, 12 de diciembre de 2019.

La mañana del cumplemes ocho de mi hija había transcurrido como de costumbre: llena de amor, besos y abrazos, pero también un poco de caos y afán. Normal. Con mi hija nos despedimos de mi esposo que salía a trabajar y fuimos al quinto piso donde vive mi mamá a hacer la siesta, como todos los martes y viernes que llega Leidy a ayudarnos con el aseo del apartamento. Acosté a la pequeña en la cama y cuando empecé a amamantarla para dormirla, empezó a llorar. Eso pasa con cierta frecuencia, así es que simplemente la levanté y nos fuimos a jugar con los peluches a la otra habitación. Estando allí jugando, la sentí hacer fuerza como si quisiera hacer del cuerpo y pensé que ese era el motivo de su malestar. Llevaba varios días un poco estreñida. La revisé y me sentí aliviada al ver su pañal. Bajé a mi apartamento a cambiarla y sabiendo que tenía sueño, lo hice muy rápido y me subí inmediatamente de nuevo para tratar de dormirla una vez más. Mismo proceso, pensé que sería más fácil, pero no, se echó a llorar de nuevo y esta vez, aún con más desconsuelo que la vez anterior. 

Mi cabeza empezó a dar vueltas sin saber qué hacer, no sé qué tiene, no sé cómo consolarla. Rechaza la teta, mi salvavidas siempre que todo lo otro falla. Me sentí impotente, sentí que ella me rechazaba, que no me quería, pensé en la ausencia de su padre e imaginé que lo preferiría a él y mi ego se sintió herido. De repente, sentí la incontrolable necesidad de dejarla tirada en el suelo a que llorara sola ya que, según yo, no me quería. Y pensé “no, no puede ser”, el día anterior había leído el relato de una madre que había dejado a su hijo tirado en un centro comercial porque estaba en plena pataleta y ella se había escondido detrás de un muro. El niño al verse solo, paró su pataleta. Obvio, el sentirse abandonado para lo que sea. 

Siguiendo las enseñanzas de la crianza respetuosa y consciente, no quería que mi hija se sintiera abandonada, quería que supiera que mamá estaba ahí y que mi amor es realmente incondicional. De repente, tuve un incontrolable deseo de llorar yo también (eso pasa seguido cuando empiezas a ser madre). Pude sentir todas esas veces que siendo niña lloré sin consuelo y necesité a mi mamá y ella me dejó sola para que se me pasara. No por mala (ella ha hecho una labor grandiosa), sino por puro desconocimiento y porque era lo que mejor podía hacer por mí.  Pude ver esa niña herida, sola, tratando de entender lo que pasaba y sintiéndose abandonada y sola. No pude más que echarme a llorar y lloré con mi hija a la par. Abracé a mi hija pero a quien realmente abracé fue a mí, y sentí amor y compasión por mí. Mágicamente mi hija se calmó, me abrazó sentada en mi regazo y como pudo tomó la tetica y se quedó dormida inmediatamente. Nos quedamos abrazadas, ella dormida en mi pecho, como hacía meses había dejado de hacerlo. Ese fue el regalo más lindo que jamás haya podido recibir. Gracias hija, gracias por ayudarme a sanar, por amarme, por tenerme paciencia, por enseñarme a ser madre y por enseñarme a amar. Te amo infinitamente.

Mi niña interior sana cuando me conecto con mi hija y sus necesidades.

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Historia de un matrimonio

Esta película, recién puesta en Netflix, me dejó encantada. Sí, es una historia triste, es un drama que da dolor en el corazón, pero de una belleza visual y con unas actuaciones tan buenas que es imposible perdérsela. Como mi intención, repito, no es espoilear ni ser crítica de cine, quiero abordar el tema que más me toca que es el de la m/paternidad. 

La belleza de esta historia radica en que podría ser mi historia, tu historia, la historia de cualquier pareja. Una pareja que ha hecho reununcias por el otro, que ha tomado decisiones olvidándose un poco de sí mismo. Considero esto como uno de los primeros errores que se cometen cuando se está en pareja. Si algo he entendido de la vida y si algo he logrado aprender de mis relaciones y, ahora de mi matrimonio, es que cuando no te pones a ti primero en la relación, posterioremente habrá arrepentimientos y reproches. Estos se convierten fácilmente en grietas en la relación y, a la larga, en rupturas. Con mi esposo, desde el día uno que empezamos a salir, pusimos de manifiesto nuestros sueños, nuestros anhelos individuales y entendimos que si decidíamos seguir una vida juntos era para alcanzarlos y no para aplazarlos.  No es nada fácil, requiere mucho trabajo y muchas caídas, pero nunca los hemos perdido de vista. De hecho, algo que valoro de nuestro matrimonio es que cuando alguno de los dos está desanimado, la misión del otro siempre ha sido recordar ese horizonte, ese gran objetivo, ese gran porqué y prestar un hombro para ponerse de pie y seguir adelante. Ahora en el puerperio, para mí ha sido un reto reencontrarme, volver a ver hacia mí misma y decir “esto es lo que quiero hacer”, retomar mis actividades profesionales y hacer algo diferente que no sea estar pendiente de mi hija. Además, porque hay cierto sentiiento de culpabilidad cuando como mamá dices “voy a dejar a mi hija x tiempo para dedicármelo a mí”. Esto se logra poco a poco y el apoyo de mi esposo ha sido fundamental. Entonces, haciendo referencia a la protagonista de la película, considero que uno de sus errores fue nunca manifestar sus deseos, ponerse de última, no decir lo que realmente sentía.

Por otro lado, otra de las reflexiones que me deja la película, es que muchas veces como madres, no dejamos paternar a los hombres. Lo digo porque me pasa a mí todo el tiempo con mi esposo. Muchas veces siento que yo tengo la verdad y el conocimiento para la crianza de nuestra hija y no dejo que mi esposo sea papá como él desea. Obviamente, hay ciertos parámetros no negociables que para nosotros son lógicos, como no usar la violencia con nuestra hija o no ser permisivos. Sin embargo, considero que es importante que como mujeres entendamos y aceptemos que los hombres tienen derecho a paternar y que, además, lo hacen distinto a nosotras. El padre es más arriesgado y menos sobreprotector, da alas a los hijos, a las madres eso nos cuesta trabajo, dejar que los hijos vuelen, que sean independientes, que se lancen, salir a conocer el mundo, arriesgarse a caer y caer. 

Para concluir, mi invitación es a que como mujeres evaluemos nuestras prioridades, nuestros sueños, nuestros deseos y que como esposas permitamos a los hombres ser padres, no tratemos de controlar todos los aspectos de la vida, confiemos y soltemos el control. 

¿Y tú? ¿Sientes que te tienes como prioridad en tu vida, es fácil para ti? ¿Te encuentras frecuentemente dando órdenes, controlando todo lo que papá hace con bebé? Me encantará leerte.

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La belleza inesperada de la maternidad

Acabo de terminar de ver Belleza Inesperada o Collateral Beauty en Netflix y no he podido dejar de llorar. Obviamente, no podía dejar pasar la oportuniad para hacer mi pequeña reflexión. Mi intención no es ser crítica de cine ni mucho menos, mi intención aquí es la de reflexionar sobre un punto esencial que me quedó después de ver la película. 

Esta bella historia habla de un padre que perdió su hija de seis años (podría pasarle a cualquiera y esto me toca aún más por ser mamá). Más allá de la enseñanza que deja la historia, que es evidente, y es el manejo del duelo por perder a un hijo (no quiero espoilear), pretendo reflexionar un punto en particular: valorar los momentos duros que pasamos con nuestros hijos.

Tanto las películas como la publicidad idealizan la maternidad: colitas sanas, bebés que duermen plácidamente en sus cunas, mamás maquilladas, delgadas y perfectamente peinadas sonriendo a sus bebés y un largo etcétera de imágenes que no dan cuenta de la realidad de la maternidad. La maternidad es dura y tiene muchos altibajos. Cuando lloran y no sabemos qué tienen, cuando no quieren quedarse dormidos y estamos muy cansados, cuando no quieren despegarse de su tetica y son las 2 de la mañana y tienes partida la espalda y te caes de sueño, cuando hacen siestas de 15 minutos cuando en realidad esperabas una de una hora para poder recostarte tu también o por lo menos reposarte un poco, cuando se sobre estimulan y no logran encontrar de nuevo tranquilidad, en fin, todo puede pasar y no es porque seamos malos padres, simplemente estamos aprendiendo y nuestros bebés también están aprendiendo a vivir. 

Al momento de vivir estos momentos duros, la circunstancia nos parece eterna, a qué hora se va a dormir, por qué no deja de llorar, por qué no duerme seguido, por qué no quiere comer, etc. Alguna vez mi hermano dijo “esto también pasará” y es la frase que más me ha servido cuando estoy en estos momentos duros con mi hija. Cuando son las 10 de la noche y aún no duerme, pienso “algún día se dormirá”, cuando no quiere comer pienso “algún día va a comer” y este se ha convertido en mi lema: “esto también pasará”.  Ahora, cuando terminé de ver esta película, lo único que quise fue tomar a mi hija en mis brazos y decirle cuánto la amo, recordar todos esos momentos difíciles y pensar en que nada de eso importa porque lo que realmente importa es que esté sana y salva. Hay momentos duros, sí, pero no son para siempre y el solo hecho de imaginar que mi bebé no esté a mi lado, me hace llorar. De hecho, pienso que los momentos difíciles son los que, a la larga, llenan esta experiencia de satisfacción, de felicidad y de amor. Saber que somos capaces de afrontarlos, que aunque creamos y sintamos que ya no podemos más, no es cierto, estamos llenos de valor y de fuerza para hacer nuestra labor y, sobre todo, que podemos hacerla desde el amor.  Podemos hacerla con el mismo amor que hacemos las cosas cuando nuestros bebés hacen lo que queremos, también podemos hacerlo cuando no es así. Perder un hijo no tiene nombre, hay un nombre para cuando se pierde a los padres (huérfano), cuando se pierde al/a esposo/a (viudo/a), pero no cuando se pierde un hijo/a. Mi invitación, entonces, es a que atesoremos esos momentos difíciles tanto como los fáciles y que entendamos que los niños tienen necesidades, no lo hacen por molestarnos, ni por “medirnos” como a veces sentimos, son sólo niños siendo niños y desde el amor todo se puede. No perdamos ninguna oportunidad de decirles que los amamos, de tomarlos en nuestros brazos, de acunarlos, de darles besos, de ofrecerles el pecho como morada, de hacerles el “sana que sana” cuando se caen, no perdamos eso, recordemos que hay muchos padres con los brazos vacíos, con sueños truncados y corazones rotos añorando esos momentos.

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