¿La maternidad me acercó a mi lado masculino?

Hace algunos años, principalmente gracias al inicio de mis estudios universitarios en Lenguajes y Estudios socioculturales, empecé a replantearme todo el tema de lo que es femenino y masculino, el tema de los estereotipos y de los “deber ser” de hombres y mujeres. El feminismo tocaba a mi puerta gracias a la carrera que había escogido. Obviamente, indagando en mi propia feminidad fui descubriendo ideas que, para mí, han sido muy poderosas y que hoy en día comparto con la crianza de mi pequeña.  

Ahora, siendo madre y casi que sin darme cuenta, la vivencia de mi cuarentena ha sido un auto descubrimiento de otro aspecto de mi feminidad y de lo que quiero transmitirle a mi hija mujer. ¿Por qué casi sin darme cuenta? Uno de los aspectos fundamentales para una lactancia exitosa es no usar perfumes ni cremas con mucho olor para que bebé se impregne del olor de mamá.  De hecho, los pezones de mamá tienen el mismo olor que el líquido amniótico en el que bebé ha estado por nueve meses y es lo que le ayuda y lo/la guía hacia el alimento cuando recién nace. Así es que, casi sin darme cuenta, dejé de usar productos cosméticos e incluso esmalte de uñas ya que no quería que al pelarse pudiera caer en un ojito a mi pequeña. Esto, sumado al hecho de que ya no tenía tiempo, dejé de depilarme las cejas y de ponerme crema de peinar para dejarme el cabello suelto. En definitiva, ya no usaba esmalte, no me depilaba las cejas, no me ponía aretes para que mi pequeña no me arrancara una oreja, y había decidido cortar mi cabello tanto como me fuera posible para no tener que dedicar mucho tiempo a su cuidado. ¿Mi maternidad me estaría acercando a mi lado masculino? 

Poco a poco me di cuenta de que a muchas personas (sobre todo mujeres) les molestaba este nuevo aspecto de mi feminidad. Me sugerían que me maquillara, se mostraban muy sorprendidas de que mis uñas fueran de color natural, que mis cejas no estuvieran perfectamente delineadas y que mi cabello estuviera a la altura de mi mentón. Parecía que hubiera “perdido” mi feminidad o mi identidad de mujer. Yo, al contrario, me sentía más femenina que nunca, me sentía más libre que nunca de expresar mis preferencias físicas y más empoderada de mi feminidad que jamás en toda mi vida. 

Por otro lado, también decidí no poner aretes a mi pequeña no sólo porque no me parece que eso la defina como niña, sino porque me parece una verdadera crueldad hacerles eso a las niñas desde tan pequeñas. No deseo juzgar a las madres que lo hacen, cada una hace lo que mejor le parece con sus hijas, pero no estoy de acuerdo con esta práctica que en muchos países no se contempla como posibilidad a las recién nacidas. Además, evito vestirla de rosado automáticamente, de hecho, trato de ponerle otro tipo de colores. Y no es que no quiera que a mi hija le guste el rosado, sólo quiero que entienda que el rosado no la define como mujer, al igual que el esmalte, el maquillaje o los tacones.  Creo, sinceramente, que el ser mujer va mucho más allá de lo que podemos ver con los ojos, ser mujer es contener, es abrazar, es maternar y sostener. No estoy afirmando que ese es el deber ser de todas y cada una de las mujeres, pero sí creo que ser mujer es un privilegio en muchos sentidos y uno de esos es el poder ser madre. 

Tampoco es mi interés criar a mi hija como una princesita en el sentido que es intocable o que no se ensucie o no se caiga. Tampoco influenciarla para que se obligue a sobreestimar su capacidad física para demostrar que no es “débil”. Sólo deseo que si escoge ser princesa o si escoge ser luchadora libre que eso la haga feliz, que sea una herramienta para cumplir su propósito de vida y no un esfuerzo por demostrar algo al mundo. Si bien no le niego que juegue con carritos, tampoco le niego cuando desea amamantar a alguno de sus bebés.  

Yo amo ser mujer, amo todas las infinitas posibilidades que tenemos como mujeres, hemos entrado a prácticamente todos los oficios que nos hemos propuesto, cosa que no sucede con los hombres (aún no veo hombres manicuristas en mi cultura, por ejemplo). Nos pensionamos mucho más temprano que los hombres y tenemos una mejor esperanza de vida, lo que indica que podremos disfrutar muchos más años de nuestra pensión.  Cabe mencionar que nuestra licencia de maternidad es mucho más larga que la de paternidad. Amo la capacidad de las mujeres de expresar sus sentimientos, de bailar, gritar y amar con mucha más libertad que los hombres.

A diario reflexiono sobre cómo puedo ser la mejor madre para mi hija y cómo puedo ayudarla a vivir su feminidad sin caer en estereotipos y he llegado a la conclusión de que es prácticamente imposible. Lo que sí creo posible es poder ofrecerle una visión de la vida en donde, desde su disfrute personal como mujer, independientemente de su aspecto físico, pueda explotar ese privilegio y sepa indagar en su ser femenino lleno de posibilidades desde la bondad y el amor. 

Ayer le estaba poniendo crema a mi pequeña después del baño y me preguntaba si esto sería el inicio de un autocuidado obligado. Llegué a la conclusión de que aprender a amarnos, cuidarnos, respetarnos, así sea a través de algo tan simple como ponernos crema en el cuerpo, es una de las prácticas más bellas del ser humano. El amor propio no es cuestión de ser hombre o mujer, es el inicio de una relación sana con la única persona a la que no puedes -y no debes- fallarle: a ti mismo/a.

Mi cabello corto, mis orejas sin aretes y mis uñas sin esmalte: cosas que en algún punto de mi vida consideré impensables en mí.

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