Una mano quemada y reflexiones sobre el dolor

Hace un par de días estaba haciendo el desayuno y en un descuido de mi parte me quemé la mano derecha. Sin embargo, como hago siempre que tengo algún dolor físico, decidí no prestar atención y seguir haciendo lo que estaba haciendo. Al cabo de un par de horas la zona me dolía mucho, estaba muy roja y parecía que el quemón se estuviera expandiendo por toda mi mano.  Aún viendo mi piel así, sentía que no merecía atención y que no era importante. Al día siguiente, sentí picazón en la zona y, sin darme cuenta, me rasqué, con lo cual vi la verdadera gravedad: tenía una ampolla que se había levantado y ahora tenía la piel viva. 

Esa misma noche me lavé bien la herida y me puse un parche cicatrizante, pero desde entonces no ha dejado de doler, ni de arder. Mi esposo preocupado ha estado preguntándome constantemente cómo me siento y me ha hecho prometer que si sube el dolor o el enrojecimiento vamos a ir al médico. Me siento triste porque no me gusta verme mi mano así y, obviamente, tampoco sentirla así.  Pero como soy una convencida de que todo en la vida nos trae una enseñanza, me di cuenta de que todo el tiempo estaba negando mi dolor, negando el estado de mi mano y diciéndome que no era nada, que debía seguir con lo que estaba haciendo, que nadie me mire. Me puse a pensar que cuando mi hija se caía al principio, cuando empezó a sentarse, mi primera reacción era decirle que no pasaba nada, que no era nada, le decía que se levantara rápido o, simplemente, no la observaba para que ella no llorara o no se quejara. Leyendo sobre temas de crianza respetuosa entendí que esta práctica tan solo perpetuaría lo que yo vivía con mi mano, y lo que muchas veces hago con mi cuerpo, y era negar su dolor, no escucharlo y minimizar sus dolencias.

Al pensar en esto sentí compasión por mí, decidí atenderme, darme besos, hacerme el sana que sana, como hago con Luciana cuando se cae y (¡por fin!) hacerme una curación.  Desde que entendí la importancia del manejo que se le da a las caídas de los bebés, nunca dejo pasar una caída de mi hija sin preguntarle cómo está o sin mirar la parte del cuerpo que me esté señalando o, si llora, tomarla en mis brazos.  Jamás volví a decirle que no pasó nada o que ya pasó, “upa, upa” o “castigar” el objeto con el que se golpeó diciendo “tonto sofá”, sino que simplemente la abrazo y la siento y le permito que exprese su dolor. 

Los niños son maravillosos, Luciana me sorprende con sus reacciones porque llevamos meses haciendo eso desde que empezó a gatear y ella solo llora cuando un golpe le duele de verdad, es decir, no usa el golpe como estrategia para llorar como podrían pensar algunas personas. Así mismo me pide que le haga el sana que sana, pero últimamente es ella quien se hace el sana que sana, ella misma se soba y se auto consuela.  Con la herida en mi mano, ha sido muy bello porque, como le he enseñado lenguaje de señas, le he estado signando que me duele y ella ha entendido perfectamente y cuando jugamos ella evita tomarme de esa mano y signa “me duele”, además de llenarme de besos. Esto, realmente, me parece sorprendente, tierno y me ha dejado muchas lecciones. La primera de ellas es que al cuerpo se le escucha, se le atiende, no se le minimiza y se le hace el “sana que sana”. 

Considero que esta práctica le enseña a mi hija no sólo a atender su cuerpo, a respetarlo y a amarlo, sino, además, dos cosas esenciales para la vida: la primera, a ser empática con el dolor de los otros y, la segunda, a entender que las cosas son cosas y no se les debe culpar de nada.

Evitar decir “tonta silla” o “tonto (cualquier objeto)” le enseña a hacerse responsable de sus actos, a entender que las cosas son neutras y que el bien o el mal que nos hagan sólo dependerá del uso que les demos. Que los golpes y los dolores hacen parte de la vida, mas no el sufrimiento, y solo si nos damos la oportunidad, podremos aprender de cada situación que nos corresponda vivir para aprender. Como, por ejemplo, aprender a escuchar el cuerpo a través de una quemadura en la mano.

El dolor que me dejó este incidente, me enseñó que el hecho de desatender los golpes de nuestros hijos, de decirles que no pasó nada tiene consecuencias que van mucho más allá de simplemente evitarles el llanto. He escuchado a muchos padres y madres decir cuando su hijo/a se cae “no lo mire, no lo mire porque llora”.  Si deseamos hijos que ante la enfermedad, incluso ante un abuso físico, ante el bullying se acerquen a nosotros y nos confíen lo que les pasa, debemos empezar por generar esa confianza acercándonos nosotros y haciéndoles ver que entendemos su dolor, que sabemos que duele y que siempre que nos necesiten vamos a estar ahí para hacer el “sana que sana” y que el día que no estemos tendrán herramientas para hacerlo ellos mismos.

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