Sobre El Principito y una niña interior transformada gracias a la maternidad.

Por increíble que parezca, durante mis años de estudiante de francés e incluso como profesora de este idioma, le di varias oportunidades a este libro y no me gustó. Sinceramente, no lo entendía y dejaba rápidamente su lectura. Después, en el año 2011, este libro volvió a mis manos de una manera inesperada. Un estudiante a quien yo le gustaba, asumiendo que me fascinaría, se encargó de regalarme no sólo el libro sino todas sus versiones: en caricatura, en pasta dura, en pasta blanda, de bolsillo, de colección, etc. 

Dado que por esa misma época yo estaba terminando una relación que me dejó muy herida y con la autoestima muy baja, me di la oportunidad de leerlo. Tenía tiempo para mí ya que mi vida ya no giraba alrededor de esta persona, así es que me di el tiempo de hacerlo. Y descubrí un tesoro, un maravilloso libro, una herramienta cada vez que quiero recordar esa Ingrid que volvía a confiar en sí misma y a retomar las riendas de su vida.  Siempre lloro al final de este libro como una niña pequeña. Si no lo has leído, por favor, léelo y si al principio es difícil de entender, dale una oportunidad, trata de leer con los ojos de un(a) niño(a), es decir, con los ojos del corazón.

Resulta que por estos días nuestra hermosa anda de trasnochadora, no le coge el sueño antes de las once de la noche, entonces, saqué mi bello libro y empezamos a leerlo en voz alta con mi esposo mientras hacemos tiempo hasta que ella tiene sueño.  Antes de ayer terminamos de leerlo y volví a llorar leyendo el final, lloré muchísimo y ahora que soy mamá tiene otros significados que deseo compartir hoy.

(Después de leer el libro, mira la película, la encuentras en Netflix por estos días, es maravillosa también).

La primera reflexión es que como padres, a veces creemos que a los niños se les debe crear fuertes, prepararlos para un mundo hostil y violento y eso incluye hacerlos menos sensibles para que no sufran. Yo veo a mi hija y siento todo lo contrario, quiero seguir cultivando en ella la ternura, el amor y la confianza para que deje esa semilla en el mundo. Porque ¿qué significa hacerla fuerte? ¿Que no llore? ¿Que no ame a todos los seres humanos, sino a ciertas personas? ¿Que condene al “malo” y alabe al “bueno”? 

Yo estoy convencida de que las bases de un adulto amoroso se sientan en la infancia y que no hay que hacer a los niños más duros o fuertes, hay que hacerlos más amorosos. Y esto no significa que no puedan sortear las vicisitudes de la vida, más bien todo lo contrario, que sepan que existen y que nos podemos quebrar ante estos, pero que también siempre estará el amor para enfrentarlos y volver a levantarnos. El amor por nosotros mismos, el amor por la familia, el amor por los seres humanos. ¿Te suena idealista?

La segunda reflexión es que la maternidad nos permite ver nuestro niño interior, herido o no, y nos muestra ese(a) niño(a) en todo su esplendor, con todos sus más y sus menos.  Todos los conflictos que veamos en nuestros hijos sólo son un espejo de lo que fuimos nosotros. ¿Te molesta su llanto? ¿Qué tanto te permitieron llorar de niño? ¿Te molesta su “hiperactividad”? ¿Qué tanto te dejaron moverte siendo niño? ¿Te molestan sus gritos? ¿Qué tanto te dejaron gritar a ti? ¿Te da miedo que se caiga, que escale, que se mueva libremente? ¿Qué tanto te moviste libremente tú? 

Considero que la experiencia de la m/paternidad cobra todo su sentido cuando nos permitimos sanar ese niño herido enfrentando nuestros miedos, nuestra incomodidad frente a los comportamientos de nuestros pequeños y haciéndonos vulnerables ante su propia vulnerabilidad.

Tercera reflexión. Una de las frases que más amo de “El principito” es: “no se ve verdaderamente más que con el corazón. Para los ojos, lo esencial es invisible”.  Y con esto quiero hilar mi primera reflexión: ¿cuántas veces juzgamos al “bueno” y al “malo”?. Todos, absolutamente todos los seres humanos tenemos una historia, tenemos una lucha, algo que nos mueve o nos inmoviliza.  Cuando vemos con los ojos del corazón, vemos al ser humano detrás de la acción y más allá del ser humano, vemos a ese niño herido que no fue abrazado, que no fue amado, que fue abandonado, que quizás no sintió nunca el calor de un abrazo, o una palabra dulce en su oído. Realmente no lo sabemos, y es muy cruel juzgar a las personas por sólo lo que vemos en la superficie. Lo esencial es invisible a los ojos.

Finalmente, deseo agregar que volver a nuestro niño interior no significa no crecer o no madurar, o no tener ambiciones, no. Significa seguir escuchando nuestro corazón, seguir maravillándonos con las estrellas, seguir dejando volar nuestra imaginación y que si alguna vez nuestro pequeño nos muestra su dibujo de una boa con un elefante adentro, tengamos esa capacidad de ver con los ojos de la creatividad y de la imaginación. Juguemos, alcemos y tomemos en los brazos tanto como sea posible, nunca sabemos cuándo será la última vez que nos pidan brazos y que los pongamos en el suelo definitivamente para correr y volar.  No sabemos cuándo dejarán de necesitar que les digamos cosas dulces, que les cantemos o que los apapachemos en la cama. Jamás el amor ha malcriado. Criar adultos independientes es reconocer, en primera instancia, que los niños son dependientes y necesitan ver en nosotros el amor y la madurez emocional que les permitirá, ahí sí, enfrentar el mundo.

Mi Principito, o princesita interna, a ella nunca le fallaré.

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