Sin dolor no hay Luciana. Relato de un parto (lo más) humanizado (posible).

Feliz cumpleaños, hija.

Ese día en la mañana mi partera me había dicho: vamos a parir. Estuve en su casa totalmente entregada a ella, llevaba tres o cuatro días con contracciones que se intensificaban en la madrugada, para, al final, no parir. Mi cuerpo estaba tremendamente agotado. Llevaba más de una semana comiendo mal, no me entraba nada por la garganta, todo me daba náuseas. Mis doulas me daban huevo con ruda, miel de abejas, polen y ánimo, mucho ánimo. Total, esa mañana estuve con mi partera meditando, entrando en mi cuerpo, en los aromas de las hierbas, en el túnel del dolor. No me había querido dar cuenta, pero tenía pánico al dolor. Había escuchado tantas historias de partos tristes y totalmente deshumanizados, que moría de terror que algo de eso me pudiera pasar. No quería hablar con nadie que no fuera mi esposo o mi partera. Sabía que solo ellos entendían que no quería escuchar historias, ni “a mí me pasó x, y o z”, ni que me preguntaran si ya había nacido. Razón por la cual no hablé con nadie de mi familia por esos días. Hacia el mediodía salimos de la casa de Carolina y empecé a sentir la ebriedad más deliciosa que jamás haya podido sentir. Las contracciones se hacían cada vez más seguidas y mi cuerpo se veía obligado a doblegarse y a gritar cada contracción. Caminamos y caminamos por el barrio Niza, la gente me miraba con preocupación ya que en estas épocas admiramos a la mujer que no grita su trabajo de parto.  Eso no me importaba, yo estaba fundida en mi embriaguez y en cada contracción con la que mi cuerpo se ampliaba y se expandía cada vez más. 

-Sin dolor, no hay Luciana, le dije a mi esposo. Vas a tener que acostumbrarte a verme con dolor, me va a doler, sí, pero no estoy sufriendo. 

Parafraseando a mi partera le dije a mi esposo: atravesemos el dolor juntos, al final del túnel está nuestra Luciana. Sé que para él ha sido uno de los retos más grandes de su vida, verme gemir y doblegarme ante cada contracción y simplemente prestarme su cuerpo para estar en la posición que quisiera.

En ese momento no era consciente del tiempo transcurrido (después me enteré que había sido cerca de una hora), pero decidimos irnos a la casa para poder almorzar, pedimos un domicilio durante el camino, así es que a los pocos minutos de llegar a la casa llegó el ajiaco más delicioso que haya podido comer en mi vida. La cuchara no me fue suficiente, quise tomar la taza a dos manos y abrir mi boca tan grande como pude y dejar caer todo el alimento que no había podido pasar en cuatro días. Mi cuerpo lo recibió como un bálsamo delicioso. Yo seguía en un trance que aún recuerdo, pero que no se compara con absolutamente nada que haya experimentado en la vida. 

La partera nos había advertido que no nos quedáramos en casa ya que es muy común que al encerrarnos los pensamientos negativos nos invadan, así es que salimos a caminar por nuestro barrio, las contracciones eran cada minuto y yo dejaba salir por mi garganta toda la fuerza de la contracción. Se me acercó una señora muy preocupada por mi estado e incluso miró mal a mi esposo como si él me estuviera infligiendo tal dolor. Hablamos con la partera quien nos dijo que Paloma, la doula, ya venía para nuestra casa, entonces decidimos ir de nuevo a la casa.  Llegando a la esquina sentí como mis piernas se llenaban de un líquido caliente y abundante. Sí, había roto fuente. Hablamos de nuevo con Carolina, ella también ya venía para mi casa.

Mis pantalones estaban absolutamente empapados y con cada contracción yo le hablaba a mi hija y le decía “eres bienvenida, hermosa, aquí te espero, yo voy hacia ti, tú ven hacia mí”. Al entrar a mi habitación otra descarga, y en ese momento, después de llevar cuatro días esperando el momento, pensé “por fin”. Sin embargo, la coloración del líquido no nos dio buenas noticias, mi pequeña había hecho popó, lo cual era una señal de alerta. Volvimos a llamar a Carolina, ya estaba a minutos de llegar. Minutos eternos, yo quería saber si mi pequeña estaba bien. Llegó rápidamente a monitorear el corazón de mi Luciana, ta-ta ta-ta ta-ta, todo bien. 

“Javi, coge la maleta, pide un Uber, nos vamos para la clínica” dijo Carolina. Empezó a caer el aguacero más impresionante que haya podido caer en Bogotá. Duramos cerca de hora y media en el tráfico hasta que llegamos a la clínica. A pesar de ser una clínica de gran reputación, encontramos personas frías y distantes, parecían robots haciendo todo mecánicamente y, de repente, todo ese ambiente preparado y armónico que habíamos tejido amorosamente en casa, se iba desmoronando. Mis miedos se estaban haciendo realidad. Me pasaron rápidamente a una pequeña sala donde había otras dos mujeres embarazadas, pero yo era la única parturienta.  Llegó la doctora de turno a hacerme un tacto, yo tomé su brazo delicadamente para sentirme apoyada, ella en un gesto brusco retiró rápido mi mano de su brazo y me sentí sola. Mi esposo no quería separarse de mí, pero había trámites administrativos que debían hacerse, entre ellos, hacer que todo el turno leyera mi plan de parto. No fue nada fácil para mi esposo, exigir ese tipo de cosas en un país como Colombia, aún parece un acto de rebeldía y sublevación. Total, quedé sola en la sala con la mirada inquisidora de la doctora de turno que me hacía preguntas sobre mi proceso previo. Afortunadamente, mi esposo me había enviado el celular, increíblemente, así me sentí menos sola. 

Al cabo de algunos minutos vino la doctora a avisarme que me pasarían a una habitación, tenía seis centímetros de dilatación y el monitoreo a mi bebé era normal. Allí también llegué sola y empezó el desfile de agujas, tristemente a las enfermeras se les olvida que hablan con un ser humano, con Ingrid, no con “mamá”. Mi plan de parto era claro, no quería que me dieran epidural, había leído un libro sobre parto durante mi embarazo y tenía claro que no quería anestesia.  Sin embargo, la doctora insistía en ponerme la epidural e incluso llegó a amenazarme que el dolor que estaba sintiendo no era nada comparado con el que iba a sentir y, una vez más, sentí que todo ese trabajo hermoso que llevaba haciendo durante meses para que mi parto fuera lo que había soñado, seguía resquebrajándose. Empecé a tener mucho miedo y accedí a que viniera el anestesiólogo, me sentí derrotada, pero rápido envié un mensaje de voz a Carolina rogándole que entrara a la habitación.  En minutos la vi entrar a mi cuarto con su mirada de ángel y su mano se posó en mi pecho llenándome de una calma indescriptible, “todo va a estar bien”, me dijo con su voz pausada. Todo estaba en su sitio de nuevo y volví a respirar. “Lo estás haciendo bien, el peor dolor ya pasó, no necesitas anestesia”. Qué felicidad. Y le pregunté, ¿voy a parir? Todavía no podía creer que mi cuerpo fuera capaz de tal hazaña. Ella me respondió, “vas a parir”. No puedo describir la dicha de mi corazón. Mi esposo, afuera, se disputaba con todo el turno para hacer respetar mi derecho a tener un parto humanizado y a hacer valer mi plan de parto. A los pocos minutos él también entró y por fin tuvimos privacidad. Éramos Luciana, mi esposo, mi partera (en ese momento ya convertida en doula) y yo, nadie más. Luces tenues, mis contracciones, posición sentada y rápidamente empecé a sentir cómo mi cuerpo, mi alma y mi universo entero se hacían más y más grandes. Ya no tenía miedo de nada, ya no tenía miedo al dolor, ya sabía que todo estaría bien, tenía la certeza absoluta de la bondad del universo en mí. Empecé a sentir fuego en mi cuerpo, el fuego de la apertura, el fuego de la luz. Pregunté a Carolina si era normal y ella, con su voz de ángel, respondió afirmativamente.  

Mi doctor ya estaba en camino, estaba a minutos de llegar.  Cuando llegó me dijo: estás a dos pujos de sacarla. Carolina se apresuró a darme instrucciones para proteger mi periné. Respiro, respiro, pujo y… he ahí mi milagro, mi hermosa hija, mi esperado anhelo, mi granito de pimienta, mi mundo entero.

Lo primero que vi fue su cabecita e inmediatamente pensé en mi padre, “se parece a mi papá”. Después Carolina dijo “bienvenida Luciana, bienvenida. Ingrid, mira cómo respira, se ve en su espalda”. Yo sabía que todo estaba bien, no tenía la menor duda. Rápidamente la pusieron en mi pecho y olía al olor más adictivo y embriagante que jamás haya podido sentir, toda ella era gloriosa. 

“Te amo hija, te amo, eres lo más lindo que me ha pasado en la vida”, le dije. Mi esposo se acercó a nosotras y nos fundimos en un abrazo profundo. 15 cortos minutos de piel con piel ya que, por protocolo, debían realizar el test de Apgar, llevarla a ponerle vitamina K y a limpiar sus ojos del meconio. Javi no se separó de ella ni un segundo hasta que volvieron a traerla a mi pecho. Enseguida, el segundo milagro: Carolina me ayudó a que se pegara a mi pecho y mágicamente las gotas empezaron a salir y mi hija ya estaba alimentándose de mi. ¡¡¡Wow, parí y ahora estoy alimentando a mi hija!!! Mi felicidad estaba al máximo y el coctel de hormonas hicieron su efecto, me sentía grande, dichosa, gloriosa y poderosa.

Esa primera noche no pegamos el ojo, no hacíamos más que mirar y admirar a nuestra hermosa. Al siguiente día, más trámites clínicos, permisos, autorizaciones y, por fin, a casa…

Luciana, hija hermosa, hoy celebro tu vida, tu nacimiento y el mío también como mamá. Te reitero, eres lo más hermoso que me ha pasado en la vida. Te amo, te amo, te amo infinitamente y más. Gracias por escogerme, gracias por estar aquí. Gracias por los días buenos y gracias por los días difíciles. Ser mamá no es fácil, pero amo quien soy gracias a ti. Feliz cumpleaños, preciosa. 

Nuestro primer encuentro como familia y piel con piel.

Se está procesando…
¡Bien! Ya estás en la lista.

6 comentarios sobre “Sin dolor no hay Luciana. Relato de un parto (lo más) humanizado (posible).

  1. Hola Ingrid felicidades, por el cumpleaños de Luciana, hermosa historia, muchas felicitaciones a los dos o los tres bello proceso, se nota el amor enorme por tu Luciana, un gran ser están formando un abrazo

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  2. Siiiiiiii mi amorrrr. Qué felicidad escuchar tu experiencia. Verme en esas líneas con nombre de “angel” es maravilloso para mí y me a una para seguir celebrando más nacimientos de amor. Qué bello es recordar junto a tus palabras todo ese viaje hacia lo desconocido y saber que al final de túnel llegó Luciana abriéndose paso inclusive nada do en popó!!!! Jajajaja….los amo. Hacen parte de mi historia, de mi vida, hermosa familia!!

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  3. Hola Ingrid, que lindo, que historia mas hermosa y la forma que la narras, lloré…. Mil bendiciones a Luciana y toda la felicidad del mundo para ti y para Javier.. Eres una valiente. Besos

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