Mi hija y mi niña interior

Este escrito lo hice recién mi hija cumplió ocho meses, es decir, hace más de cuatro meses. Lo publico hoy, 12 de diciembre de 2019.

La mañana del cumplemes ocho de mi hija había transcurrido como de costumbre: llena de amor, besos y abrazos, pero también un poco de caos y afán. Normal. Con mi hija nos despedimos de mi esposo que salía a trabajar y fuimos al quinto piso donde vive mi mamá a hacer la siesta, como todos los martes y viernes que llega Leidy a ayudarnos con el aseo del apartamento. Acosté a la pequeña en la cama y cuando empecé a amamantarla para dormirla, empezó a llorar. Eso pasa con cierta frecuencia, así es que simplemente la levanté y nos fuimos a jugar con los peluches a la otra habitación. Estando allí jugando, la sentí hacer fuerza como si quisiera hacer del cuerpo y pensé que ese era el motivo de su malestar. Llevaba varios días un poco estreñida. La revisé y me sentí aliviada al ver su pañal. Bajé a mi apartamento a cambiarla y sabiendo que tenía sueño, lo hice muy rápido y me subí inmediatamente de nuevo para tratar de dormirla una vez más. Mismo proceso, pensé que sería más fácil, pero no, se echó a llorar de nuevo y esta vez, aún con más desconsuelo que la vez anterior. 

Mi cabeza empezó a dar vueltas sin saber qué hacer, no sé qué tiene, no sé cómo consolarla. Rechaza la teta, mi salvavidas siempre que todo lo otro falla. Me sentí impotente, sentí que ella me rechazaba, que no me quería, pensé en la ausencia de su padre e imaginé que lo preferiría a él y mi ego se sintió herido. De repente, sentí la incontrolable necesidad de dejarla tirada en el suelo a que llorara sola ya que, según yo, no me quería. Y pensé “no, no puede ser”, el día anterior había leído el relato de una madre que había dejado a su hijo tirado en un centro comercial porque estaba en plena pataleta y ella se había escondido detrás de un muro. El niño al verse solo, paró su pataleta. Obvio, el sentirse abandonado para lo que sea. 

Siguiendo las enseñanzas de la crianza respetuosa y consciente, no quería que mi hija se sintiera abandonada, quería que supiera que mamá estaba ahí y que mi amor es realmente incondicional. De repente, tuve un incontrolable deseo de llorar yo también (eso pasa seguido cuando empiezas a ser madre). Pude sentir todas esas veces que siendo niña lloré sin consuelo y necesité a mi mamá y ella me dejó sola para que se me pasara. No por mala (ella ha hecho una labor grandiosa), sino por puro desconocimiento y porque era lo que mejor podía hacer por mí.  Pude ver esa niña herida, sola, tratando de entender lo que pasaba y sintiéndose abandonada y sola. No pude más que echarme a llorar y lloré con mi hija a la par. Abracé a mi hija pero a quien realmente abracé fue a mí, y sentí amor y compasión por mí. Mágicamente mi hija se calmó, me abrazó sentada en mi regazo y como pudo tomó la tetica y se quedó dormida inmediatamente. Nos quedamos abrazadas, ella dormida en mi pecho, como hacía meses había dejado de hacerlo. Ese fue el regalo más lindo que jamás haya podido recibir. Gracias hija, gracias por ayudarme a sanar, por amarme, por tenerme paciencia, por enseñarme a ser madre y por enseñarme a amar. Te amo infinitamente.

Mi niña interior sana cuando me conecto con mi hija y sus necesidades.

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