Mi primera entrada de blog

Nace la mamá, muere la niña

Esa mañana, después de haber amamantado a mi hija, entré al baño y me miré en el espejo. Vi mis ojos y vi los ojos de mi hija y mi ego se sintió feliz porque ella tuviera algo mío.

Sin embargo, mis ojos evitaban mi cuerpo ya que sabía que no era el de antes. Si mis ojos no fueran evasivos, seguramente verían un cuerpo más gordo, más flácido y menos joven. Increíblemente a solo unos días del nacimiento de mi hija ya sentía que había vivido años y, por lo tanto, estaba más vieja. Mi cuerpo siempre ha sido un tema en mi vida, siempre lo he criticado y ha sido una suerte de peso. Literalmente. Así es que verlo después del parto era más duro aún. La panza me colgaba, los senos también y creo que todavía no eliminaba por completo los líquidos que me habían puesto en la clínica. Llevaba días sin depilarme y tenía mis axilas manchadas por efecto del oscurecimiento natural de la piel durante el embarazo.

En definitiva, me daba un poco de pena mi aspecto físico. Traté de llenarme de pensamientos de gratitud y de repetir en mi mente frases que me permitieran entender lo maravilloso que es mi cuerpo al permitirme tener a mi hija en mis brazos, pero el sentimiento de pena persistía (aún hoy). Rápidamente y antes de salir del baño, me dije: “este es mi nuevo cuerpo, el cuerpo de una mujer, de una madre, ya he dejado de ser una niña”.

A este sentimiento, además, le sumaba la pesadez de mi alma, de mis emociones y de mi ser no visible. Llevaba la tristeza más grande que he experimentado en mi vida y era la de saber que mi familia no me hablaba por esos días. Soy la menor de tres y ni mis hermanos, ni mis cuñadas, ni mi padre me estaban dirigiendo la palabra por esos días. ¿A quién se le ocurre quitarle la palabra a una mujer puérpera y en cuarentena? 

Mi familia estaba muy molesta con mi esposo (y, por ende, conmigo) porque habíamos decidido no avisarles sobre el comienzo del trabajo de parto. Sólo fue hasta que nació que se enteraron. Eso y una serie de malos entendidos, mensajes mal puestos y egos, llevaron a uno de los peores conflictos familiares que hemos tenido. En definitiva, mi corazón se regocijaba por tener a mi hija en mis brazos y lloraba por sentir a mi familia ignorándome, sin hablarme. Ni siquiera una felicitación, ni un mensaje de texto, nada, silencio, el silencio del universo. 

Mi padre, una de las personas más importantes de mi universo, tampoco vino a verme a la clínica. Mi cuñada, a quien considero mi mejor amiga, tampoco me hablaba y eso sí que me pegaba duro en el corazón.

Mi madre, sólo por ser mi madre, era la única que me hablaba, pero era clara su tristeza y en sus gestos y sus ojos podía ver su sentir.

No es mi intención culpar a nadie, entiendo que cada uno tiene su punto de vista, sin embargo, eran momentos duros para mí. Y a pesar de que tenía a mi lado a mi esposo amado, sosteniéndome lo mejor que podía, en mi mundo sólo existía mi hija, yo, mi tristeza y mi alegría, nada más cabía que mi ensimismamiento. Fue allí cuando me di cuenta de que la nueva Ingrid acababa de nacer y la niña, la hermana, la mujer sumisa que todos habíamos conocido hasta ese día, había muerto para siempre.

“Sé tú mismo. Los demás puestos están ocupados.”

— Oscar Wilde.

Esta es la primera entrada de mi nuevo blog. Acabo de empezar a escribir este nuevo blog. ¡Mantente al día para leer más entradas! Suscríbete a continuación para recibir notificaciones cuando publique nuevo contenido.

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